La interminable cola del hambre en Utrera

El comedor social «Santiago el Mayor» nota de nuevo un repunte de personas que acuden por alimentos

Desde las 7 de la mañana ya hay voluntarios en el comedor social «Santiago el Mayor» en Utrera limpiando y desinfectando las dependencias y preparando el reparto en bolsas independientes. Otros compañeros están a esa hora en la carretera con la furgoneta para recoger productos en el Banco de Alimentos de Sevilla. Fuera del comedor, en la calle Cristo de los Afligidos, la fila de beneficiarios se empieza a formar desde las 8 de la mañana, hasta ser interminable. Hasta las 12.30 un voluntario les estará entregando en la puerta sus alimentos, con especial hincapié en que respeten la distancia de seguridad.

Más de 300 familias son atendidas a la semana, el doble de los que se acercaban antes de la pandemia. «Estamos completamente desbordados», confiesa José Antonio López. «Hay un gran porcentaje de familias de clase media que por la crisis que estamos viviendo no han tenido más remedio que acudir al comedor», explica a su vez Dionisio Chuan, «hay mujeres a las que incluso conozco de haberles vendido un traje de flamenca en mi tienda».

Ambos fundaron en Utrera hace once años el comedor social junto a otro amigo. «Éramos una asociación parroquial nueva, en un enclave pobre, y venían muchas personas que no podían hacer frente a pagos como los de la luz y el agua, sobre todo a raíz de la crisis de 2008», recuerda José Antonio. Algo dentro le empujaba a reaccionar, a poner en marcha una acción más grande. «José Antonio me pidió que hiciéramos algo por la gente», añade Dionisio, «nadie apostaba por nosotros, no teníamos nada, pedíamos la comida sobrante de colegios o geriátricos, no dejábamos de movernos y ya empezaron a colaborar con nosotros, además del Banco de Alimentos, supermercados o entidades».

José Antonio y Dionisio en el comedor en una foto antes de la pandemia

Más de 500 familias de Utrera durante el confinamiento

Ahora los dos son como hermanos tras tantas horas dedicadas a llenar el almacén, procurar colaboraciones y dejarse la piel en que nadie se quede sin ser atendido. Pero nunca vieron colas tan largas como las del pasado marzo cuando llegaron a atender a más de 500 familias. La cifra bajó cuando el confinamiento se relajó, algunos beneficiarios pudieron volver a ejercer su profesión y otros recibieron por fin la prestación por el ERTE, pero en estos días vuelven a acercarse más personas.

«Me da miedo que sean de nuevo más, creo que materialmente no vamos a ser capaces de dar de comer otra vez a tantos», confiesa preocupado este voluntario. José Antonio también advierte con recelo que los atendidos no paran de crecer cada semana y puntualiza que «acuden ahora más camareros y hosteleros sin trabajo».

En 2019 este comedor social servía comida en sus mesas a unas 70 personas en turnos dobles a diario. También entregaban fiambreras a las familias para éstas pudieras tomar los menús en casa con su hijos. Sin embargo, el Covid les obligó a renunciar a los guisos y a adaptarse. Actualmente entregan jueves y viernes alimentos tanto perecederos como no perecederos según las carencias de cada usuario. También menús individuales elaborados para personas que no tienen posibilidad ni de adquirir una bombona. Por último, se desplazan para entregar alimentos a las Hermanas de la Cruz y a las Madres Carmelitas. y a los domicilios de aquellos beneficiarios que no pueden desplazarse por su edad o una discapacidad.

La implicación de los voluntarios es fundamental

Para lograr llegar a tantas personas, hace tiempo que cuentan con la colaboración fundamental del Banco de Alimentos de Sevilla y la Fundación la Caixa. También con la ayuda de Mercadona y CashFamily, entre otros muchos que se ofrecen a colaborar. «Jamás pedimos dinero», aclara José Antonio, «pero aceptamos encantados productos como garbanzos, pasta, lentejas, chícharos, tomate frito o leche».

Implicación fundamental de voluntarios

Las manos de los voluntarios también son fundamentales. Han llegado a ir hasta Utrera desde Mairena y de Sevilla. Antes eran 14, pero por prudencia los mayores se quedan ahora en casa. «Tampoco queremos juntar a muchas personas para evitar contagios», indica José Antonio, «así que solemos ser dos con las furgonetas de reparto y recogida, dos para preparar las bolsas y uno para llevar la comida a las hermanas o las familias». La prudencia ante el Covid ha sido fundamental tanto por la salud de los beneficiarios como la de ellos mismos, y han pagado PCR para controlar que todo fuera bien.

Pero la preocupación por las familias que atienden va más allá de repartir alimentos. Han entregados juguetes a los niños y cestas de Navidad a sus padres las pasadas navidades, repartido ropa y calzado, o pagado alguna situación extrema. «Conseguimos alojar a un hombre que no tenía nada en un piso de alquiler y actualmente está en una residencia», recuerda Dionisio. «Son personas como tú y como yo las que se acercan a nosotros, les cuesta mucho dar ese paso, les puede la vergüenza», continúa emocionado, con un nudo en la garganta, «vergüenza ninguna, lo fundamental es que ellos y sus niños puedan comer». Gracias a esta solidaridad y entrega, 300 familias pueden sentarse a la mesa cada día con un plato caliente.

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