Las historias de agradecimiento y lucha tras el comedor social más antiguo de Sevilla
En la cocina del comedor social más antiguo de Sevilla, gestionado por las Hijas de la Caridad, huele bien hoy a pollo en salsa, arroz con habichuelas y papas guisadas, que se hacen sin prisa en grandes ollas para dar de comer a alrededor de 290 personas de la zona del Pumarejo. Son poco más de las 12 del mediodía. Entre los profesionales tras los fogones, tres jóvenes inmigrantes de los pisos para menores que atiende la misma congregación en Sevilla y que en esta casa han querido darles un trabajo. En una pequeña sala contigua, tres hermanas muy mayores se afanan con mimo en doblar servilletas como ya hacían sus antecesoras y tal y como demuestra una fotografía enmarcada en la pared a sus espaldas.
Pero el trasiego viene del comedor, poco ruidoso para lo que cabría esperar, donde los voluntarios atienden y sirven en el mostrador a personas con tan pocos recursos que no tienen ni para comer. Entre los voluntarios, como una más, Sor Esperanza, la directora del centro, cuya pasión es arrimar el hombro aquí, sentarse con aquel al que la adicción a las drogas no le dejan apenas comer o acercarse al que viene por primera vez intentando disimular el miedo y la vergüenza que siente. Sor Esperanza cuenta a Sevilla Solidaria numerosas historias que se viven tras el número 5 de la calle Aniceto Sáenz. Sobre las hermanas que lo dieron todo en sus orígenes o sobre grandes donaciones de personas anónimas que lo significaron todo. También cuenta con detalle sobre personas sin hogar que consiguieron un empleo tras acudir al comedor casi sin poder sostenerse en pie, sobre niños de familias sin recursos que reciben con la mayor ilusión un humilde regalo en Navidad o sobre voluntarias que acuden día tras día desde hace más de 25 años. Es la vida que hay tras esta congregación en el Pumarejo.
—Un comedor que abrió en 1890, ¿cómo fueron los orígenes?
—Las hermanas enfermeras del Hospital de las Cinco Llagas venían a la plaza a dar de comer. Y a través de una donación comenzó el comedor en el Pumarejo 4, que se fue ampliando. Hubo un colegio y una residencia para señoritas sin medios para estudiar.

—¿Qué queda de aquellos años?
—Queda mucha gente agradecida. Todos los años venía una farmacéutica que estudió gracias a estar aquí hospedada. Traía un ramo de flores a la Virgen y visitaba a una hermana que ya falleció.
—¿Y qué servicios se ofrecen hoy día?
—El comedor continúa, abierto los 365 días al año. Una residencia de personas mayores que reformamos y modernizamos y ahora cuenta con 34 plazas con habitaciones individuales y baño. Tres días a la semana vienen grupos de alcohólicos anónimos. Y ofrecemos servicio de baño y ropero. Por último, repartimos alimentos a más de 420 familias con hijos pequeños.
—¿Cómo es el perfil de quien acude al comedor?
—Hay mucha juventud. Sí que hay droga por medio, alcohol y desajuste familiar. Pero el mayor problema es el paro. En el comedor damos una comida muy buena, y el trato es excelente, pero no es fácil ponerse en la cola para entrar en un comedor. Llevo aquí 19 años y lo sigo manteniendo. Si tenemos la suerte de percibir que viene alguien por primera vez, tratamos de acercarnos porque puede venir asustado. Y si no tienen papeles, más.
—¿Recuerda casos de quienes han logrado salir de esa precariedad?
—Sí, nos cuentan muy agradecidos si han encontrado trabajo. Uno de los que venían con frío y hambre, que no se podía casi ni tenerse en pie, encontró trabajo en una empresa. Y dice que está deseando venir a vernos pero no puede pisar esto de nuevo. No les traen buenos recuerdos, sobre todo quien ha pasado por una adicción fuerte.

—¿Con cuántos voluntarios contáis?
—Hay unos 25 voluntarios fijos. En la celebración de la Virgen Milagrosa, homenajeamos a dos voluntarias que llevan ya 25 años cono nosotros sirviendo en el comedor. Pili y Chari. Vienen todos los días y tratan con un cariño tremendo a quienes sirven, con bromas y alegría.
—¿Alguna donación importante de un particular?
—Por ejemplo, una señora vendió un piso y lo donó todo íntegramente para la reforma. Pero no quería que se supiera. Tenemos el gota a gota, cada cual con lo que puede. Había una mujer que traía a la portería un euro cuando cobraba. La respuesta al llamamiento por falta de mantas el año pasado fue muy grande y la iniciativa de Álvaro Moreno con sus «mantas con almas», que este año ha triplicado las ventas.

—¿Qué productos necesitáis cubrir en la actualidad?
—Siempre necesitamos ropa interior nueva de caballero y señora para cuando vienen a la ducha.
—¿Cómo vivís estas fechas?
—El día 24 damos en el comedor una merienda cena, el grupo se anima y canta. Se pone el caldito caliente, langostinos, carne mechada... Con tanta faena ese día no tenemos ni misa de Navidad, fíjate qué monjas, pero también hay que atender a las hermanas mayores. Los demás días vienen coros, colegios y excursiones. Vienen familias con niños para ver esto y con su juguetes para dejarlos en el belén para los hijos de las familias que atendemos. Desde la Hermandad de la Soledad de Alcalá del Río hacen una importante campaña para ayudarnos con regalos personalizados para cada niño según la edad. Y así otras entidades. Gracias a eso citamos a las familias para darles los regalos. Las de aquí vienen sin los niños para que lo reciban el Día de Reyes pero los de fuera sí vienen con ellos. Es un día muy bonito.