Las historias anónimas que eclipsan a Murillo en el Hospital de la Caridad
Turistas y apasionados al arte que visitaban el pasado jueves el Hospital de la Caridad, haciendo parada en la ruta por Sevilla del «Año Murillo», ignoraban lo que ocurría más allá de las salas por las que pasaban. No eran conscientes de la caseta roja y blanca instalada unos metros más adentro para traer la Feria a los que llegan a la vejez sin nada; ni de las historias que estos mayores cuentan encantados a los voluntarios que se sientan a escucharlas -porque la compañía es un bien preciado para ellos-. En privado, hermanos y acogidos en la casa hogar de este histórico edificio de la calle Temprado disfrutaban de un «pescaíto» adelantado organizado por la Hermandad de la Santa Caridad-.
Su más ilustre hermano mayor, Miguel Mañara, contribuyó en el siglo XVII a aumentar el patrimonio cultural de la ciudad encargando a grandes como Murillo, Pedro Roldán o Valdés Leal la decoración de la capilla que mandó construir. Pero su gran labor fue impulsar la obra social de la hermandad, construyendo un hospital para personas sin ningún recurso. Su legado continúa hoy día en la casa hogar para personas mayores que se mantiene en El Arenal.
Son 80 hermanos los que pueden disfrutar de su vejez en esta institución, en habitaciones individuales, con cuarto de baño propio. Hace menos de 20 años que las camas estaban dispuestas juntas en las naves que fueron de las Reales Atarazanas de Alfonso X -hoy convertidas en comedor y sala de estar-. «Yo me acuerdo de eso todavía, cuando las camas estaban solo separadas por cortinas», indica Eulogio Martín.

Con 92 años Eulogio es el acogido que lleva más tiempo en la casa. El ritmo y la alegría no le abandonan porque se arranca a cantar con rebujito en mano a la que tiene oportunidad. «¿A qué soy guapo?», pregunta a bocajarro a esta reportera. Y es que tampoco la edad ha hecho mella en su faceta presumida, ni las ganas de ser útil, porque, cuando puede, contribuye a la hermandad como vigilante en la Sala del Cabildo.
«Son todos mayores de 65 años, en situación de pobreza y soledad», indica el actual hermano mayor, Eduardo Ybarra Mencos. «Están asistidos por profesionales, desde cuidadores a fisioterapeutas, y coordinados por médicos que son hermanos de la Santa Caridad. Si tienen que ir al hospital son los propios hermanos o voluntarios los que los acompañan», asegura. La colaboración de estos últimos es fundamental para paliar la soledad de los acogidos. Los hermanos lo viven desde que son niños y continúan de adultos lo que aprendieron de sus padres.

«Yo venía con mi padre de pequeño y era todo muy distinto entonces», explica Ricardo Barón, voluntario en la casa hogar. «Cuando él murió me hice hermano y aquí estoy, al servicio de los pobres». Cada hermano elige un mes en concreto donde se compromete a ser aún más activo en la labor asistencial. Acuden a la casa hogar a charlar con los acogidos, darles de cenar, salir con ellos de paseo o acompañarlos al médico. «Algunos tienen detrás historias muy trágicas», asegura Ricardo, «recuerdo hace poco a un señor extranjero que no sabía ni su nombre, entonces se te viene a la cabeza su familia, si sabrán algo y lo que también deben estar sufriendo». Este hermano sigue la cadena trayendo a sus tres hijos al Hospital de la Caridad cuando están en Sevilla, su ejemplo ha calado tanto que uno de ellos se prepara para ir al seminario en La India.

Todos los hermanos de la Santa Caridad, más de 500, son hombres. Pero no es impedimento para que las mujeres se acerquen como voluntarias para colaborar. Es el caso de Aurora, nacida en la misma calle. «Me crié ayudando a las monjas, repartiendo las comidas, pero me casé y me fui. Hace unos años he vuelto como voluntaria para lo que me necesiten». O también de Esperanza, enfermera de profesión, que no solo aporta sus conocimientos sino también su ayuda para cada salida que organicen para los acogidos, como la visita a la Feria que realizan cada año gracias a la Peña Cultural La Antorcha.

A la salida, los turistas siguen entrando en el Hospital en un ritmo constante, y a pesar de la lluvia. Hay mucho por descubrir. De los orígenes de la hermandad en el siglo XVI para darle un entierro digno a ahogados y mendigos; de la caridad cristiana que se reflejan en los dos grandes cuadros recién restaurados de Murillo que se pueden visitar en la exposición "Murillo cercano. Miradas cruzadas”; o sobre los rosales de Miguel Mañara que se conservan en uno de sus patios. Pero también hay mucho por contar de los 80 acogidos que viven en sus muros. Sobre Tomás, que cuida con mimo estos rosales, o sobre Carlos, que pasea arreglado como un galán por los pasillos. Quien quiera sentarse a escucharles tiene las puertas abiertas como un voluntario más.

Eduardo Ybarra Mencos, hermano mayor de la Santa Caridad, recibe a Sevilla Solidaria para descubrir la labor asistencial que hay detrás de esta ilustre institución.
—¿Conservar la historia es una de las prioridades de la hermandad?
—Como en todas las hermandades. Aparte de asistir a los cultos y a los acogidos, una de las obligaciones es conservar el patrimonio. Cuesta mucho dinero pero gracias a convenios con entidades podemos afrontar las restauraciones de cuadros y de la Iglesia, así como el mantenimiento del propio edificio que cuenta con cerca de 7,000 metros cuadrados.
—¿Qué supuso para la hermandad la figura de Mañara?
—La hermandad existía desde el siglo XVI y tenía como fin enterrar a los ahogados en el río y a los pobres que vivían en la calle. Cuando Mañara llega, ve todos los mendigos que necesitan ayuda y construye el hospital para ellos.
—¿Cuál es la labor asistencial de la hermandad hoy día?
—Un total de 80 hermanos acogidos tienen aquí sus habitaciones con cuartos de baño individuales. Son todos mayores de 65 años, en situación de pobreza y soledad. Están asistidos por los profesionales que tenemos, desde cuidadores a fisioterapeutas, coordinados por médicos que son hermanos de la Santa Caridad. Si tienen que ir al hospital son los propios hermanos o voluntarios los que les acompañan.
—¿Cómo ha evolucionado la casa hermandad en los últimos años?
—Cuando yo tenía unos 15 años y venía con mi padre, las camas de los acogidos estaban en un mismo salón. Luego, se puso una cortina entre una y otra. Fue en 2001 cuando se construyeron las habitaciones individuales en la planta de arriba, mucho más soleadas, además.
—¿Cuál es la labor de los hermanos y voluntarios?
—Los acogidos tienen todas sus necesidad físicas cubiertas, pero necesitan charlar. A veces venimos simplemente para eso, porque muchos están muy solos. Hay algunos hermanos jubilados que pasan aquí con ellos la mañana entera, es de agradecer.
—Cada acogido tendrá una historia detrás para contar. ¿Alguna a destacar?
—A mi me paran mucho cuando vengo para hablarme de todo su pasado. Recuerdo un hombre noruego que falleció el año pasado y que nunca llegó a aprender español del todo. Había viajado por toda Europa y parte de América y acabó por recalar aquí.
—La hermandad también gestiona un economato, ¿cómo está funcionando?
—Muy bien. Hace diez años que lo pusimos en marcha en la calle Padre Marchena. Se reparten todas las semanas 300 bolsas de comida, con alimentos básicos e infantiles. Lo llevan unos hermanos y algunos ayudantes, con la colaboración de Cáritas y la ayuda de Cruz Roja y Banco de Alimentos. Los alimentos que faltan los compra la hermandad.
—¿Y cómo se financia la casa hogar?
— Una parte por la cuota de los hermanos y otra por la cuota de los acogidos. También gracias a donativos de particulares y parte de las rentas de propiedades de la hermandad.