Un hogar en Sevilla para dar un futuro a mujeres inmigrantes en extrema vulnerabilidad

Una de las chicas que fueron acogidas en las casas del proyecto Alma de la Asociación Familia Vicencianacuenta, ya independizada y a punto de comenzar un nuevo trabajo, que ahora se siente «más segura, más fuerte, más madura».

Isabel -nombre ficticio para preservar su identidad- ya entiende el español aunque aún le cuesta un poco hablarlo. Llegó a España desde África hace dos años embarazada y sin saber ni una palabra del idioma, en una situación de extrema vulnerabilidad. Hoy, gracias a la ayuda de numerosas personas en este camino en el que ha puesto empeño y fuerza, vive en Sevilla con su hija en un piso compartido con una compañera y está a punto de comenzar un trabajo como limpiadora.

Si emprender un duro viaje hacia Europa para dejar atrás una realidad aún más difícil es peligroso siendo hombre, con la vida al límite en todo momento; haciéndolo siendo mujer las expone a más abusos. No acaba el infierno cuando llegan a España. En tierra firme, las mafias las acosan para que paguen la deuda del billete a través de la explotación sexual, o las amenazan con hacer daño a sus familias.

Las Hijas de la Caridad están tras tres casas que acogen y tienden la mano a estas mujeres en Sevilla. La Asociación Familia Vicenciana surgió como rama de servicio de esta congregación para coordinar el Centro Miguel Mañara de Sevilla para personas sin hogar. Del mismo modo, en 2017 esta asociación crea su primera casa en la ciudad para acoger a mujeres inmigrantes en situación de extrema vulnerabilidad y sin ningún apoyo social o familiar, siguiendo los pasos de la que ya había puesto en marcha en La Línea de la Concepción Sor Magdalena, actual directora del centro Miguel Mañara. Se trata del proyecto bautizado Alma (Ayuda en la Lucha de la Mujer Amenazada), con el trabajo de numerosos profesionales. En la actualidad, las Hijas de la Caridad regentan en Sevilla con este proyecto tres casas con 51 plazas en total para estas mujeres, muchas de ellas acompañadas por sus hijos pequeños.

Actúan a través del Programa de Ayuda Humanitaria del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones o del programa de Protección Internacional. «Las primeras son chicas que han llegado en patera o esperan en los CETIs de Melilla o Ceuta», cuenta Raquel, coordinadora de dos de las casas de Sevilla, «las segundas no pueden regresar a su país por diversas circunstancias -ya sea por extorsiones, persecuciones o guerras-, han pedido asilo, y llegan a nosotros ya con cierto itinerario hecho».

Quienes llegan en patera están desorientadas, perdidas, y muy deterioradas físicamente. «No solo es el viaje, mientras esperan la patera están escondidos en bosques y son extremadamente vulnerables allí, pueden ser violadas y maltratadas, muchas llegan queriendo abortar», expone Raquel. Por ello, la primera medida es la recuperación de la salud. La gran mayoría solo quiere dormir y comer cuando llega, están agotadas. La siguiente medida inmediata es evitar que caigan en las redes de las mafias, insistentes y amenazadores, por lo que en las casas le piden el teléfono. Para Isabel fue duro entender que le solicitaban el teléfono por su bien. «La directora me lo pidió pero yo no quería dárselo, una compañera habló conmigo en inglés y me explicó muy amable que podría hablar con mi familia siempre que se lo pidiera a los monitores», recuerda, «lo entendí y me quedé mucho más tranquila».

Luego viene un largo proceso de recuperación y de inclusión social en el que intervienen más de 40 profesionales en Sevilla, entre psicólogas, trabajadoras sociales, abogadas o educadoras. «Deben convencerse de que otra vida es posible, pero que deben decidir», explica Raquel, «muchas de ellas no saben que la prostitución es lo que aquí les esperaba».

Formación y un futuro a la vista

Es el momento de las clases de español, de cursos y talleres para estas chicas inmigrantes, arreglar los papeles y orientarlas en el día a día sobre cómo llevar a sus hijos al colegio o pedir una cita médica. Isabel, que nos atiende mientras su hija está en la guardería, recuerda sus clases de español y formación y prácticas como empleada del hogar. También su primer día en la casa de Sevilla. «La habitación era muy bonita, me gustaba mucho, con todas las cositas del bebé, y con ocho mujeres como compañeras que fueron muy buenas conmigo», añade con una sonrisa. Cuando termina el plazo de estancia en la casa, pasan a otra asociación que les ayuda a mantener una vida autónoma. Pero no pierden el contacto con Sor Magdalena, las Hijas de la Caridad y profesionales que la atendieron, son como su familia sevillana. Ellos terminan conociendo todo lo que han tenido que vivir y sufrir, testimonios que no quieren ni pueden exteriorizar en un principio. Raquel confiesa que ha escuchado «historias escalofriantes de las pateras». «No te expones a eso porque sí, si hay una guerra sales corriendo porque cruzas el mar antes de que tu hijo muera por una bomba o de hambre». Isabel, con 30 años, se siente ahora más segura, más fuerte, más madura. «Sé que tengo que trabajar duro para mantener mi trabajo pero estoy muy contenta», afirma, «me han apoyado mucho, Sor Magdalena me ha ayudado mucho». Ella valora el simple hecho de poder vivir tranquila con su hija. No pide más a la vida. Cerca de 900 mujeres han pasado por estas casas en tres años. Y en estos meses atrás se han encontrado en la entidad con nuevos problemas, como expone Marta, coordinadora de la casa restante: mujeres que llegaban en patera pero no se las podía acoger porque no se les hacía PCR por entrar de forma ilegal; o una agudización de las condiciones de las mujeres en situación de explotación sexual durante el confinamiento, que Policía Nacional y Guardia Civil derivaban al proyecto Alma Vicenciana. «Ellas tienen derecho a vivir, a darle de comer a sus hijos, que estos tengan una educación y una vida feliz junto a su madre», ruega su compañera Raquel. Ellos trabajan día a día con ese objetivo.

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