Día internacional de las personas con discapacidad

La historia de superación de Alfredo hasta lograr una vida independiente en Sevilla

Alfredo Chaparro ha demostrado con su afán de superación y el apoyo de la Asociación Paz y Bien la plena inclusión social y que se puede conseguir un objetivo si se lucha por él

Alfredo Chaparro tiene 43 y trabaja desde hace más de 20 años en una imprenta en Santiponce, a la que acude cada día en autobús desde el piso que comparte en Sevilla con dos compañeros. Le gusta la poesía -reescribe poemas de Mario Benedetti con su sello personal- y practica el atletismo. Queda con frecuencia con su amigo Kiko, con quien también compartió piso unos años, y visita a su tía Carmen siempre que puede para que no se sienta sola. A Alfredo le gusta su vida porque se siente afortunado. Afortunado de administrar su tiempo como quiera, sin consultarlo con nadie previamente. Afortunado de ser independiente. De poder ir a por su compra, charlar con los vecinos y decidir por sí mismo. Pero él lo ha logrado con su trabajo constante, y ha demostrado con afán de superación y el apoyo de la Asociación Paz y Bien que se puede conseguir un objetivo si se lucha por él. Ha constatado con creces que es capaz y que su discapacidad intelectual no es un impedimento.

Este martes recibirá el III Reconocimiento Paz y Bien 2019 a la Superación Personal junto a sus dos compañeros de piso, Jesús Burgos y Rocío Almasa. Los tres han conseguido su objetivo de vivir de manera independiente, después de haber pasado por centros de menores, residencias de adultos y viviendas tuteladas de la entidad, que cumple 40 años potenciando las capacidades de las personas con discapacidad.

Infancia difícil

Estaba a punto de cumplir la mayoría de edad cuando Alfredo llegó a Paz y Bien desde Cañaveral de León, en la Sierra de Aracena, donde su infancia no había sido fácil. «Yo por entonces era lo que se suele decir una 'bala perdida', no sabía nada», indica. Aunque ese comportamiento fuera de lo común al que él se refiere solo demostraba que era trabajador desde pequeño, en un entorno de pobreza y también marginación. «Ayudaba a mi padre en el campo a cuidar las vacas, echando una mano en el mercadillo o descargaba fruta de un camión con mi amigo Domingo». No era de los que se quedaban quietos, lo conocían en todo el pueblo, con una inquietud y una sonrisa que lo ha acompañado siempre.

Alfredo recuerda su paso por la residencia de adultos de Santiponce

Como su familia no podía hacerse cargo de él, don Vicente, el párroco del pueblo, les propuso acudir a Paz y Bien, y Alfredo entró en la residencia de adultos José Valverde Linares de Santiponce, la primera que abrió Paz y Bien. «Al principio yo no quería, porque allí sólo podía moverme por la zona con los monitores aunque sólo quisiera tomarme un cafelito», recuerda. Era un adolescente y dejar su pueblo no fue fácil, pero pronto conoció a compañeros y monitores y surgieron estrechas relaciones. Y descubrió el mundo que se le abría por delante. «Sabes que si te dan una oportunidad la tienes que aprovechar como sea», afirma. Y se afanó en aprender con talleres y programas, demostrando su responsabilidad y una mejoría constante. Por eso, se mudó a pocos metros a un apartamento de Paz y Bien en el que convivía con cuatro compañeros. Entre ellos Kiko, con el que aún conserva una gran amistad.

De aquellos tiempos recuerda a su monitor Enrique, «que tocaba el órgano» o a Jesús, responsable del centro ocupacional, quien pronto descubrió el potencial de Alfredo y que los talleres que allí realizaban se les quedaban pequeños. Le ofreció un contrato en el taller de imprenta, diseño y artes gráficas del Centro Especial de Empleo. «Se me abrió el cielo», confiesa Alfredo. Con un trabajo, su independencia estaba más cerca. Él habla aún con pasión de su empleo y es el encargado de enseñar la empresa a colegios y visitantes.

Alfredo es un apasionado de su trabajo

Viviendas tuteladas

Pero el más importante paso aún estaba por llegar: la vivienda. Trabajó las habilidades de la vida diaria en un piso tutelado en Camas, a donde le acompañó Kiko y donde éste aún sigue.  Aprendió a cocinar, poner la lavadora,  limpiar el piso o administrar la compra. Y a continuación vivió con algo más de independencia en un piso, también tutelado, en Pino Montano, dentro de un bloque normalizado y con atención directa de los monitores. Su constancia hizo que hace dos años cumpliera su objetivo: vivir en una vivienda completamente independiente, con el apoyo o asesoramiento de Paz y Bien si lo necesitara y la tutela de la Fundación Tutelar TAU.

Aunque el que considera el día más feliz de su vida estaba por llegar. En marzo Cañaveral de León le brindó un sentido y cariñoso homenaje desde el Ayuntamiento y con la presencia de sus vecinos y familiares, por su ejemplo de inclusión social. Alfredo, acordándose de quien tiene como un padre tras el fallecimiento de los suyos, confiesa que aún tiene un sueño por cumplir: «me gustaría visitar al padre Vicente en Perú donde está de misionero y ayudarle». Un verdadero ejemplo no sólo para personas con discapacidad, sino para toda la población.

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