Fredes Insa: el escenario donde el talento se pone al servicio de los demás
En el Teatro de la Maestranza de Sevilla, donde este domingo se estrenará el nuevo musical solidario impulsado por la escuela de danza de Fredes Insa, el telón no se abre solo para un espectáculo. Se abre para algo más grande y difícil de medir: una comunidad de más de 500 personas que bailan, ensayan y trabajan durante meses para convertir el escenario en una herramienta de ayuda real para los niños enfermos de cáncer.
Detrás de este proyecto está Fredes Insa, que habla de su trabajo con una mezcla de naturalidad y convicción. «Yo no soy una ONG, ni una fundación, ni médico… pero sí puedo llenar teatros para ayudar a los demás», resume. Y en esa frase se condensa una manera de entender el arte, la educación y también la vida.
El musical, que cada año crece en dimensión y participación, reúne a alumnos de todas las edades, familias, técnicos y voluntarios en una producción que desborda lo puramente artístico. No es solo un musical: es una construcción colectiva que dura meses y que convierte la danza en un lenguaje común entre generaciones.
Insa lo explica desde la raíz de la experiencia: «hay gente que va al gimnasio; yo bailaba y siempre acababa dando clases». Su trayectoria, sin embargo, no empezó en los escenarios. Antes de dedicarse por completo a la danza, hizo un doctorado en Sociología, trabajó en una multinacional y también en el Consejo de Europa. La danza era una constante paralela, una especie de hilo invisible que nunca desaparecía del todo.
Todo cambió con un diagnóstico que lo reordenó todo. A los 35 años, le detectaron un cáncer de mama triple negativo. «Te lo dicen así, encima de la mesa: un 70 % de probabilidades de que no saliera bien», recuerda. A partir de ese momento, la vida deja de entenderse igual, aunque ella insiste en que nunca sintió que se estuviera despidiendo de nada, sino más bien aprendiendo a mirar de otra forma lo que ya tenía.
Con el tiempo, la danza dejó de ser únicamente una pasión o una profesión para convertirse también en un espacio de sentido. En su escuela, el escenario no es un lugar de exhibición, sino un espacio de formación emocional donde se aprende a convivir con el error, el esfuerzo y la responsabilidad compartida. «El escenario es el mundo en miniatura; si algo falla, tienes que seguir», explica.
Ese aprendizaje se traslada a los alumnos como una filosofía de fondo. No se trata solo de bailar bien, sino de entender por qué se baila. «No es para que tú brilles; es para que brilles por ellos», repite Insa a sus alumnos antes de salir a escena, recordando que el objetivo del proyecto no es individual, sino colectivo y solidario. En este caso, todos los beneficios de la función del domingo en el Teatro de la Maestranza van destinados a la asociación Ibermed.
El alcance de la iniciativa ha crecido hasta movilizar a más de 400 personas directamente implicadas, aunque en escena pueden llegar a reunirse más de 500 intérpretes. A ello se suma un amplio equipo de apoyo formado por familias, profesores, técnicos, costureras y voluntarios que hacen posible una producción de gran formato. «Es una labor tediosa, que conlleva muchísimo trabajo de logística, organización, coreografía, guion y producción», reconoce Fredes.
A pesar de la magnitud del montaje, la escuela se define como un espacio amateur, basado en la ilusión y en los valores. No hay una barrera cerrada de acceso ni una única edad . En el mismo escenario conviven niños de cuatro años con adultos de más de 70, en un entorno que busca precisamente esa mezcla generacional como parte de su identidad.
«Aquí no cerramos puertas. Si pueden seguir el ritmo, están dentro», afirma Insa. Esa apertura ha permitido que el proyecto se convierta en una comunidad artística en la que cada persona aporta algo distinto, sin importar su nivel o experiencia previa.
Con el paso de los años, la iniciativa ha incorporado también participación en competiciones internacionales de danza, sin perder su objetivo principal. Sin embargo, el foco no está en el reconocimiento artístico, sino en el impacto social. Cada edición se vincula a una causa relacionada con la atención a menores enfermos y sus familias, con especial atención a la oncología pediátrica.
El resultado es un proyecto que desborda el escenario y se instala en la vida de quienes participan en él. Ensayos, vestuarios, decorados de gran formato, coordinación técnica y organización se convierten en parte de un proceso largo que transforma el teatro en un espacio compartido.
Pero, más allá del espectáculo, lo que permanece es la idea que sostiene todo el proyecto: que el arte puede ser también una forma de cuidado. «Si vas a brillar, hazlo por ellos», resume Insa. Y en esa frase, sencilla y repetida, se condensa una forma de entender el escenario no como un lugar para mirarse a uno mismo, sino como un espacio para mirar hacia los demás.
