Cuando el trasplante es otro Nacimiento
El Belén de la Solidaridad representa este año la iglesia de San Bernardo y la Fábrica de Artillería. Encima del manantial del que mana el agua de la vida, el monumento que rinde homenaje a los donantes. El trabajo artesanal es asombroso. Están reproducidos los chinos de las losas que aparecen en el atrio de la parroquia. La imagen de San Bernardo de la puerta principal es una virguería en plastilina. Pero detrás de cada figura hay una historia. O dos: la del trasplantado y la de su donante. Aquí van algunas de ellas contadas, como no podía ser menos, en primera persona.
Rafael Álvarez Núñez es el presidente de la Asociación Belén de la Solidaridad, fundada en 2002. «La idea surgió entre Carlos Monge Campano, un trasplantado de hígado que tenía esas figuras en su casa, el canónigo Juan Garrido Mesa, trasplantado de riñón, y el doctor José Pérez Bernal, el entonces coordinador de Trasplantes. El lema estaba claro desde el principio: ‘Un trasplante es otro Nacimiento’. Y el objetivo era concienciar a los que vieran el Belén de que un trasplante puede salvar una vida. Para financiarlo se constituye esta asociación, que reúne a los trasplantados de riñón, hígado, pulmón y corazón. El taller de montaje sirve de terapia. Los trasplantados sufrimos baches emocionales muy profundos y la unión dulcifica las ideas. Empezamos a trabajar en marzo. Hasta cincuenta personas pueden colaborar cada año. Mi hermano, al ver lo que yo pasé, quiere agradecerle a mi donante lo que hizo por mí. Por eso trabaja todos los años en el Belén. La idea de los edificios emblemáticos de la ciudad fue de Juan Garrido. Quería que así los sevillanos se identificaran con el Nacimiento y con los trasplantados, que reconocieran el belén y lo vivieran como una parte viva de la ciudad. Esto se hace porque hay personas incansables como Isidoro, trasplantado de hígado y luego de riñón. Queremos ayudar a las personas que están en lista de espera. Sabemos lo que se sufre en esa situación porque hemos sentido esa angustia. Y cuando salimos del trasplante nos preguntamos: ¿qué podemos hacer por los demás? Si conseguimos que alguien se haga donante tras ver el Nacimiento, nos damos por satisfechos».
Manuel López García es el presidente de la Asociación de Trasplantados Hepáticos Ciudad de la Giralda. «Llevo cinco años trasplantado y la primera vez que vi el belén me deslumbró la obra de arte. Sin embargo, el contenido es más importante. Aquí está el trabajo de muchas personas trasplantadas. Y todo está enfocado al objetivo de conseguir un donante. Forman un grupo y se sienten activos en esta labor desinteresada. Además, este trabajo nos ayuda emocionalmente a los trasplantados. En Nochebuena siento que la vida renace, y me acuerdo de los que están esperando un trasplante. Todos los días me acuerdo de mi donante. Lo llevo dentro. Su órgano venía desde muy lejos y estaba destinado a otro enfermo, que murió».
Francisco Garrido es el presidente de la Asociación de Trasplantados de Corazón. «Nací el 8 de agosto de 2005 aunque tenga 61 años. Ese día fue el más grande de mi vida. Yo estaba muy enfermo, me apagaba como una velilla a la que sólo le queda la cera derretida. Si no me llegaba pronto el trasplante, me iba. Cuando me llamaron se me quitaron los dolores. Cogí un taxi a las tres y media de la tarde. Cuatro horas más tarde estaba en el quirófano. Mi donante no estaría muy lejos. Esto no se puede pagar. La única forma de agradecerlo es luchar por los compañeros que están en lista de espera, como hacemos con este Belén, que es el único que representa la vida de verdad. Me acuerdo de mi donante cada mañana, cuando abro los ojos. Cuando hablo, quien habla es el latido de un corazón agradecido que ha dado una nueva vida».
José Soto es el presidente de la Alcer Giralda, asociación que agrupa a los trasplantados de riñón. «Me trasplantaron el 1 de octubre de 2003 tras cuatro llamadas fallidas. Cada vez que eso ocurría, sólo deseaba que el riñón pudiera servirle a otro enfermo. En el taxi que me llevaba al hospital me preguntaba por qué tenía que morir una persona para que yo pudiera seguir viviendo. Son preguntas sin respuesta. Los enfermos renales somos distintos a los demás trasplantados, porque nosotros podemos vivir gracias a una máquina de diálisis. A veces me gustaría saber quién fue mi donante para agradecerle a la familia esa decisión en un día tan trágico. Ese agradecimiento es infinito. Hay que luchar para que esos órganos no se vayan al cielo, porque allí no los necesitan. Y para que todo el mundo se implique en la donación de órganos, porque nadie sabe de qué lado va a estar mañana».
Hay muchas más historias. Como la de Pepe Romero, trasplantado de riñón. Le amputaron las dos piernas. El belén le sirve para demostrar su habilidad con las manos. Ha repujado las puertas de la iglesia de San Bernardo y así ha podido ocupar el tiempo libre. Bajo la cúpula de la iglesia está la labor de Rafael Trujillo. Su esposa está trasplantada de riñón. Así ocupa el tiempo en algo hermoso mientras cuida a su mujer en su casa.
Y así hasta el infinito, porque en el convento de Santa Rosalía se comprende que la vida es una cadena donde los vínculos se estrechan cada vez que alguien nace o renace. Tal vez tenga algo que ver en todo esto la imagen que estuvo aquí durante un tiempo. El primero que dio su cuerpo y su sangre. El que nació en Belén y se llama, en este barrio y en el resto del mundo, Jesús del Gran Poder.