Ciencia desde Sevilla para abordar la ELA
La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) es una de las enfermedades neurodegenerativas más devastadoras que existen. Afecta progresivamente a las neuronas motoras, provocando una pérdida gradual de la movilidad, el habla y la respiración, y actualmente, no tiene cura. Frente a este desafío médico y humano, la investigación científica se convierte en una herramienta esencial para comprender la enfermedad y abrir nuevas vías terapéuticas.
En este contexto se enmarca el proyecto liderado por Cintia Roodveldt del Centro Andaluz de Biología Molecular y Medicina Regenerativa (CABIMER) centrado en desvelar el papel que desempeña la microglía, las células inmunitarias del cerebro, en el desarrollo y progresión de la ELA, que «es una enfermedad neurodegenerativa letal, que actualmente tiene pocas opciones de tratamiento», explica Roodveldt.
Durante años, la investigación sobre esta enfermedad se ha focalizado principalmente en las neuronas. Sin embargo, en la última década han surgido evidencias sólidas de que otras células del sistema nervioso, como la microglía, desempeñan un papel decisivo en los procesos neurodegenerativos. Estas células, fundamentales para la defensa y el mantenimiento del cerebro, pueden pasar de tener una función protectora a contribuir al daño neuronal cuando su respuesta se desregula.
El objetivo del proyecto es identificar los mecanismos moleculares que regulan la respuesta de la microglía en la ELA y determinar cómo estos procesos influyen en la progresión de la enfermedad. Para ello, la investigación se centra en el estudio de una proteína quinasa específica como posible regulador de las respuestas de microglía. Comprender cómo esta proteína modula la respuesta inmunitaria en el cerebro podría aportar información crucial sobre los mecanismos que aceleran o frenan la neurodegeneración. Además, el estudio también busca identificar nuevos reguladores de las respuestas de microglía como potenciales dianas terapéuticas, es decir, como posibles puntos de intervención para el desarrollo de nuevos tratamientos.
El proyecto se desarrolla en consorcio, combinando la experiencia de distintos grupos de investigación. Junto a Cintia Roodveldt, participan Abraham Acevedo, del Instituto de Investigación Sanitaria de Canarias y el Hospital Universitario de Canarias, y Daniel Rico, también investigador en CABIMER y miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Esta colaboración multidisciplinar integra conocimientos en enfermedades neurodegenerativas, inmunología y bioinformática, permitiendo un enfoque más completo y ambicioso. «Integrando estos datos, esperamos entender mejor cómo están reguladas estas respuestas», explica Roodveldt.
Para abordar la complejidad de la ELA, el equipo utilizará técnicas avanzadas y trabaja tanto con modelos animales como con células humanas, lo que permite contrastar los resultados y acercar la investigación básica a una posible aplicación clínica. Además, la integración de grandes volúmenes de datos mediante herramientas de biología computacional «es clave» para identificar patrones y reguladores relevantes en la respuesta microglial. «Esto le da mucho potencial al proyecto», asegura la investigadora.
La relevancia y el potencial impacto de este proyecto han sido reconocidos a nivel nacional. En concreto, este proyecto ha sido premiado con 770.000 euros por la Fundación ”la Caixa” y Fundación Luzón en la convocatoria de Investigación en Salud en 2025, un e respaldo económico que permite desarrollar el estudio en profundidad y acelerar la obtención de resultados que puedan ser decisivos para el futuro de la investigación en ELA, ya que la financiación es clave para el avance del proyecto.
Aunque se trata de un proyecto de investigación fundamental, sus implicaciones son claras: avanzar en la comprensión de los mecanismos que subyacen a la ELA es un paso imprescindible para diseñar terapias más eficaces. Dirigir los tratamientos hacia la microglía podría abrir un nuevo camino en el abordaje de esta enfermedad, ofreciendo esperanza a pacientes y familias que conviven con una patología para la que aún existen muy pocas opciones. Con todo, la investigadora insiste en mandar un mensaje optimista: «Durante los diez últimos años la explosión de conocimiento que ha habido ha sido ingente, lo que más tarde o temprano se traduce en algo que pueda cronificar la enfermedad o, eventualmente, curarla. Además, esa investigación también ayuda a que el diagnostico sea lo más precoz posible».
