Jóvenes Solidarios

Con la colaboración de:

Natalia, voluntaria del comedor de Bellavista: «El mundo no es justo y ayudar es lo más humano»

Cuando Natalia Álamo se mudó a Bellavista le llamó especialmente la atención una larga cola que se formaba cada mañana en una de las calles, cuando descubrió que era un comedor social no dudó en colaborar

Cuando Natalia Álamo se mudó al barrio de Bellavista, frente al Hospital Universitario Virgen de Valme, hubo algo que le llamó especialmente la atención en aquellas callecitas estrechas. En una de ellas, cada mañana se formaba una larga cola. Cuando preguntó a algunos vecinos descubrió que aquellas personas que esperaban pacientes eran beneficiarios del comedor social de la Hermandad del Dulce Nombre. No se lo pensó, habían pasado unos meses desde que se levantara el Estado de Alarma. Se presentó allí, dispuesta a ayudar.

«No me esperaba tanta gente usuaria, son alrededor de 220 personas. Son gente de la zona y de barrios de alrededor, familias con niños y de toda clase de etnia, de cultura y de nacionalidades», confiesa a Sevilla Solidaria. A consecuencia de la pandemia y para preservar la seguridad, reciben la comida a través de una ventana, en lugar de tomarla allí, como se hacía habitualmente.

Natalia es de los pocos voluntarios jóvenes fijos del comedor. Enfocada laboralmente desde hace años al marketing digital, ahora no trabaja, sino que se dedica a estudiar y cree que parte de su tiempo se enriquece si lo dedica a esto. Y con la consecución de los meses, la confianza con los compañeros cada vez es mayor. Son unos diez voluntarios fijos que se reparten durante la semana para estar alrededor de seis cada día. «La mayoría de nosotros somos prejubilados», explica el jefe de voluntarios, «vendrían incluso más personas a colaborar  pero no podemos coincidir muchos aquí; nos ayudan, eso sí, una gran cantidad de empresas donando alimentos, las peñas deportivas nos apoyan en todo momento, y, por ejemplo, gracias a una donación tenemos siempre pan del día».

Ese fue otro aspecto llamativo para Natalia cuando empezó a colaborar: la gran solidaridad que envuelve al comedor. «Siempre venía gente a aportar comida y me sorprendió que tenían todo controlado y ver la cantidad de alimentos que había siempre en el almacén, me alegró bastante comprobarlo», explica.

Hoy, lo envuelve todo el embriagador olor de las papas con chocos que la cocinera está ultimando. Le acompañará una ensalada y se le añadirá naranjas, limones y verduras. Siempre junto al menú se incluyen alimentos para que pueden preparar la cena, o si es viernes o un previo a un festivo, también un plato congelado para que puedan consumir. Y si lo tienen también añaden un dulce.

Aquí han visto las consecuencias sociales más duras del Covid. Cerca de 400 personas atendieron a diario durante el primer confinamiento. Ahora atienden a unos 220, que siguen siendo el doble de beneficiarios que en 2019. Tampoco esperan volver a la normalidad pronto. «Raro es el día que no venga una persona nueva pidiendo ayuda», explica Manolo tras la mesa de la entrada, encargado de hablar con los usuarios y pedirles la documentación necesaria.  Natalia, arremangada, con el delantal puesto, y habiendo dejado a un lado el cuchillo con el cortar las zanahorias para poder atendernos, está segura de lo que hace:  «Vengo porque hace falta, el mundo no es justo, nadie decide donde nace y el nivel social que tiene, y las circunstancias también te pueden llevar a necesitarlo; cualquier día podemos ser cualquiera de nosotros».

Comentarios