La magia que voluntarios y colaboradores del Sillón Azul sacan de la chistera

Iniciativas benéficas han logrado que un total de 531 «Sillones Azules» sustituyan este verano los incómodos sofás de las áreas de pediatría de Andalucía y que, además, la Fundación El Gancho pueda apoyar un proyecto educativo en el Polígono Sur

Inaugurar la Azotea Azul el pasado septiembre en el Hospital Infantil Virgen del Rocío fue todo un sueño. Gracias a la implicación de toda la sociedad los niños ingresados tienen un lugar donde jugar al aire libre. Pero la Fundación El Gancho Infantil se permitió seguir soñando. Y lo ha vuelto a hacer. Un nuevo sueño se materializará a lo largo de este verano: ningún familiar dormirá más de dos noches en los actuales e incómodos sofás de las habitaciones del área de pediatría de Andalucía, sino que serán sustituidos por un sillón convertible en cama, el ya famoso Sillón Azul. Serán 531 «Sillones Azules» en 28 hospitales dependientes de la Junta de Andalucía.

Son menos sillones de los previstos en un inicio, ya que cuando la Fundación El Gancho anunció su reto el pasado septiembre se hablaban de más de 700. «Y es que tras conversaciones para más detalle con los gerentes de los hospitales, comprendimos que no era necesario un sillón-cama en observación donde el niño estaría una sola noche», explica a Sevilla Solidaria Marta Baturone, presidenta de la entidad, sin querer emplear más de un euro de los donados con tanto esfuerzo si no es necesario. El confinamiento y la urgencia sanitaria debido al Covid-19 paralizaron estas conversaciones que se han retomado estas últimas semanas para confirmar que sin la necesidad de esos sillones, el reto estaba, efectivamente, conseguido porque se contaba ya con la recaudación necesaria.

¿Y qué hacer con el remanente? «Teníamos claro que debía repercutir en niños y dimos con un proyecto muy bonito a través del Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla». La hermana Lolín, presente en el Polígono Sur, y Cáritas preparan el proyecto Maparra, unas colonias urbanas en julio para los niños del barrio y ayudarles así a no perder el curso escolar, ya que no han tenido apenas recursos tecnológicos durante el confinamiento.

«Necesitan 50 tabletas digitales que más de 50 menores de 6 a 18 años podrán utilizar durante el campamento», explica Marta, «una forma también de hacérselo más atractivo e introducirles en herramientas digitales que seguramente también tendrán que seguir usando el curso próximo». Además, desde el proyecto están buscando profesores y algunos de los voluntarios del Sillón Azul ya se han ofrecido a colaborar.

Es esa rápida respuesta y la implicación constante lo que caracteriza al voluntariado del Sillón Azul, más de 400 personas. Cuando El Gancho anunció el pasado año el segundo reto, lo hizo con cierto miedo, porque sabían que era difícil que la calurosa e impresionante acogida de la Azotea Azul se repitiera. «Pero resultó que se entendía muy bien la idea porque todo el mundo ha probado esa butaca en el hospital infantil o en la planta de adultos», explica Marta Baturone en la sede con la que la entidad cuenta en el edificio IsSpaces, cedido por el Grupo Insur. Son gestos como esta cesión, las que hacen que los retos solidarios se pongan en marcha. Voluntarios que prestan su tiempo y sus conocimientos para sumar, y que suponen que todas las donaciones sean enfocadas al objetivo. Y que, además, durante el estado de alarma no han dudado en crear y entregar mascarillas y pantallas de protección a residencias y hospitales, con las ayuda de otros grupos y asociaciones.

Más de 120 iniciativas solidarias

Carla Hernández sobre El Sillón Azul / Foto: Rocío Ruz

Enfocados en el Sillón Azul, los voluntarios han gestionado más de 120 iniciativas solidarias durante nueve meses. La primera en sumarse al carro fue Carla Hernández. Carla conoce perfectamente el sillón que se va a sustituir, sus tíos durmieron en él más de nueve meses para acompañarla en el hospital tras un accidente de tráfico en el que murieron sus padres. «Pensaba que después de 25 años habría cambiado pero me cuentan que no, y es alucinante porque a mis tíos les provocaba contracturas y eso que eran jóvenes y se podían turnar pero hay niños que solo tienen a una persona que se quede con ellos o tiene que hacerlo alguien mayor», reflexiona.

Para ayudar a cambiar esta realidad Carla se convirtió en la cara visible del reto y no puso en él solo su historia, sino que se implicó al máximo. Ahora ella es madre y lo volverá a ser en unos meses. Trasladar un sillón a donde hiciera falta, atender todas las dudas en un stand en Sicab, o recorrer kilómetros para recoger un donativo de unas señoras en un pueblo y merendar con ellas para agradecerles su esfuerzo. «Son personas como Carla las que encienden la llama para llegar al corazón de la gente», aporta Marta con cariño. «Mucha gente ha querido compartir su propia historia conmigo», continúa, a su vez, Carla, «y eso es bonito, incluso llegó a mi casa un repartidor de Globo que me reconoció».

Jóvenes voluntarios con huchas en un partido del Betis

Para Carla fue un «verdadero subidón» conocer que se había conseguido. Que a lo largo de julio, agosto y septiembre se fabricarán y entregarán los nuevos sillones. También lo ha sido para todos aquellos que a lo largo de los últimos meses han aportado su granito de arena. Cenas, mercadillos, campeonatos... y todos los eventos que se tuvieron que anular por el Covid-19. «Además, a diferencia de la Azotea Azul, teníamos la posibilidad de personalizar el sillón, algo que ocurrirá en más de 100», aporta Marta.

Los Cantores de Híspalis también han colaborado con el reto
Los sanitarios han sido uno de los grandes fan del proyecto

Una pequeña etiqueta recordará quien estuvo detrás: una madre que perdió a su hijo de 5 años y quería que apareciera su nombre, enfermeras del Virgen del Rocío que se han volcado vendiendo en Navidad decoración, una residencia de ancianos,  equipos de pádel de una liguilla benéfica o empresas. Incluso en estos meses tan complicados, duros y caóticos los sanitarios no han olvidado el Sillón Azul. «Son los primeros que lo entienden», añade Baturne, «hay padres que se tiran al suelo para dormir y las primeras en verlos son las enfermeras». En septiembre, estos padres podrán acompañar a sus hijos con más fuerza, con otro ánimo. Y tras ese logro, cada una de las personas que lo han hecho posible, deseosas de conocer un tercer reto.

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