Aprender español, el primer paso para la integración de inmigrantes en el barrio de La Candelaria
Olga es ucraniana aunque ya lleva más de 5 años en Sevilla donde vive con su marido y su hija en el barrio de La Candelaria. Los comienzos nunca son fáciles en un país en el que no conoces ni el idioma pero la integración se va consiguiendo poco a poco. Aunque su nivel de español aún no es perfecto, ya puede comunicarse con cierta soltura gracias a las clases de español que imparten quince profesores voluntarios en la Fundación Solidaridad Candelaria en las instalaciones de la parroquia de Nuestra Señora de La Candelaria.
Aquí Olga y muchas otras personas inmigrantes como ella no solo tienen acceso a clases de idioma, cultura local y cocina, si no que reciben una orientación laboral y social. Lo más importante, sin embargo, es que en la fundación encuentran un lugar donde ser escuchados y donde sus hijos pueden conocer a otros niños. Un pequeño espacio donde hacer comunidad.

Las clases se retomaron hace poco tras la Navidad y Olga, que es ortodoxa, explica a los patronos de la fundación cómo ha sido su Navidad, celebrada el 7 de enero con abundante comida y platos típicos. A pocos metros, los alumnos de español avanzado atienden mientras al profesor. Hay personas de países del este, magrebíes, subsaharianos y, sobre todo, marroquíes.
Este es uno de los talleres que la Fundación Solidaridad Candelaria ofrece para lograr la integración de los inmigrantes en la zona. La apuesta por mejorar el barrio es constante, aunque esta entidad nació hace 15 años para la cooperación internacional. Su labor en Malawi aún la desarrollan con fuerza. Pepe Verdugo, presidente de la entidad, la supervisa cada año con una visita al país.
—¿Cómo fue el primer viaje a Malawi?
—Estuve allí cuatro meses. Me llamó la atención su gente. Ves mucha pobreza pero también alegría y una manera especial de disfrutar de la vida. Un grupo de personas de la parroquia quisimos iniciar una línea de cooperación y lo hicimos en el hospital Mtendere dirigido por una congregación de religiosas africanas. Cuando volvimos a Sevilla no dudamos en comenzar a trabajar.

—¿Cuál era el objetivo?
— Mejorar las infraestructuras, dotarles de mayor personal, hacer accesible los servicios del hospital a personas más desfavorecidas e iniciar proyectos en la comunidad dirigidos a colectivos como huérfanos, albinos o embarazas. Para ello tuvimos que buscar voluntarios que acudieran a la zona e iniciar aquí una labor de sensibilización.
—¿Cómo creció el proyecto?
—Enormemente. Cuando llegué era un hospital con 10 camas y hoy hay más de 80. De 3 enfermeros y yo, ahora hay 16 enfermeros y 7 médicos. En los últimos años hemos inaugurado una nueva planta de maternidad, pabellones para los niños, laboratorio, farmacia... Y hemos continuado con proyectos en otras zonas.
—¿Qué actividades realizáis en Sevilla para apoyarles?
—Obras de teatro, conciertos, fiestas de la parroquia o actividades para los niños. La labor de sensibilización es fundamental.
—Pero ahora la línea de cooperación se complementa con la ayuda local
—Sí. Hace diez años vimos que algo había cambiado en el barrio. Se había convertido en lugar de acogida de inmigrantes y era necesario trabajar por la integración.
—¿Cómo es el barrio hoy?
—El barrio en su origen era de gente sencilla y trabajadora pero se fue degradando cuando apareció la droga. Sigue siendo uno de los centros de tráfico de droga más importantes de Sevilla. Pero se trata de un barrio donde tiene mucha fuerza el asociacionismo.
—¿Qué actividades realizáis con la población inmigrante?
—Primero la acogida. Estamos abiertos para las necesidades que vayan presentando con orientación social y laboral. Para la formación tenemos durante todo el año clases de español y talleres de cocina, así como otros talleres puntuales. También fomentamos la convivencia con actividades de tiempo libre, excursiones, meriendas o la fiesta de la Navidad. Por último, trabajamos por el encuentro intercultural incluyendo a otras entidades religiosas del barrio, como la mezquita.

—¿Cómo es el perfil del inmigrante que viene aquí?
—Hay quien viene legalmente y quien no. Pero nosotros no preguntamos, con el tiempo se van abriendo y confiando en nosotros, y les podemos orientar. Viene mucho subsahariano tras haber cruzado en patera. Pueden tener experiencias detrás terribles.
—¿Y van logrando la integración?
—La mayoría comienza a encontrar trabajo en la venta ambulante, pero suelen conseguir buscarse la vida. Las clases que ofrecemos tienen su valor pero lo más importante es que se sientan acogidos. Para ellos este es un lugar de sociabilización, donde venir con sus hijos.