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Claudia, voluntaria de Paz y Bien: «Estos niños son unos luchadores, unos supervivientes»

Claudia Pérez, voluntaria de 21 años, tiene una estrecha relación con los niños del Centro de Protección de la Infancia San Antonio de Paz y Bien

Claudia Pérez acudió con apenas 18 años a su primer día como voluntaria en el Centro de Protección de la Infancia San Antonio, de la Asociación Paz y Bien. Los chicos pensaban incluso que sería una más para vivir con ellos y ella en aquellos primeros minutos de presentación no sabía cómo decirles que acudía para ayudarles. Tres años después, la relación entre ellos nada tiene que ver con ese titubeo de los comienzos. Claudia se ha convertido en una «tía enrollada», como ella se define entre risas. Los 12 niños, de 12 a 17 años, que viven en este centro -una casa como otra cualquiera- están deseando que ella aparezca, para jugar, para contarles sus vivencias, sus enamoramientos, sus pequeñas peleas, confiarle todo lo que forma parte de la vida de un adolescente.

Son menores tutelados por la Junta de Andalucía que, por diversas circunstancias, no pueden vivir con sus familias. Quien se encarga de su alojamiento, convivencia y educación es la Asociación Paz y Bien, que este año celebra su cuarenta aniversario . «Estos niños tienen una mochila detrás que pesa como a ninguno nos puede pesar», confiesa Claudia, «pero ellos no están aquí por algo que hayan hecho, son unos luchadores y unos supervivientes».

La admiración y el cariño es patente entre ellos. Cuando Claudia estuvo de Erasmus lo primero que hizo al volver en Navidades fue ir a verlos. Los echaba de menos. «Muchos de estos niños han sufrido abandonos», explica Aurora Sánchez, directora del centro, «que venga alguien nuevo y desaparezca es duro. Por eso fue bonito que Claudia antes de irse les explicara a donde iba y por qué, y que viniera a verlos nada más llegar a Sevilla».

«También Claudia es un ejemplo, les muestra que las mismas normas que nosotros les enseñamos son las que ella mantiene en su casa, que tiene que estudiar y ser responsable», continúa Aurora, «y es que el voluntario es para ellos una figura no formal, no es el educador que le pone límites, sino un confidente».

Diferentes voluntarios acuden al centro para el apoyo en los estudios o momentos de ocio. Así como salen los fines de semanas o las vacaciones a la naturaleza, a un museo o a hacer deporte, «como haría cualquier familia». La figura del voluntariado es muy variada, desde un pediatra jubilado a Isabel, que después de cinco años como voluntaria, se ha convertido en familia colaboradora de una de las niñas del centro, un apoyo emocional individualizado que conforma una figura también muy importante para estos menores.

Si ya han terminado los deberes, juegan al fútbol, hacen bailes acrobáticos, o charlan, charlan mucho con Claudia. «Yo llego aquí después de un día duro en la Universidad y me relajo», admite esta joven voluntaria, «y es que cuanto más pasa el tiempo más cariño te tienen. Pienso que el tiempo que paso aquí lo estoy dedicando a algo que realmente está funcionando, contribuyendo a que una persona esté bien».

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